Somos lo que comemos :: COCINA INTERIOR

TEXTO LEO MORSELLA

Cuidado, entonces. Y en estos tiempos que se avecinan cada vez será más importante con qué nos alimentamos y qué le vamos a dar de comer a las próximas generaciones. ¿O alguien supone que aquello que hace seis meses recorre el país en un congelador es tan sano como los huevos que pusieron anoche las gallinas de la vecina?

Solo por casualidad, o quizás como dicen algunos «fue por causalidad», que decidí acercarme a un médico que practica medicina neural, una línea de medicina alternativa de la que hay más información en Internet. Pero me quiero referir específicamente a mi nueva línea de pensamiento con respecto a la alimentación, que se generó al conocer esta práctica. Mi cuerpo y mente me venían diciendo que estaba ya por demás excedido en peso. Ni siquiera me daba cuenta de lo mal que comía, sólo que el apodo de «gordo» ya no era con cariño sino pasaba a ser un adjetivo calificativo, del cual me enorgullezco por la acumulación de buenos platos y excelentes vinos con el que fue engrandecido en los últimos 20 años. Pero atentaba muy firmemente contra mi salud. La entrevista con el doctor no empezó de la mejor forma, porque al encararlo diciéndole que si la única salida era hacerme vegetariano, me retiraba en ese mismo instante. Con la calma de un tibetano (además el cincuenta por ciento de los pacientes le debe decir lo mismo) me sugirió que mi cuerpo iba a indicarme qué comer más adelante, cuando lo volviéramos a educar. Y obvio, me recordó que él no me había llamado. O sea que las condiciones ahora no estaban en mis manos. Muy cierto. Conceptualmente, una de las ideas fuerzas que más me marcaron es el hecho de que el alimento es nuestro combustible, nuestra sangre: lo que ingerimos es lo que va a circular por nuestras arterias y por nuestro cuerpo. Qué compromiso, entonces, al elegir cada bocado, ¿no? Lo otra opción es comer cuando el cuerpo lo necesita. Y aquí es donde el choque es cultural: nosotros, los argentinos, comemos todo el tiempo. Un mate es la excusa para un bizcochito o ensaimada, un café para una medialuna y una reunión para un bruto asado. Los argentinos comemos por placer y no se nos ocurre un encuentro sin una suculenta comida y buen vino. Contrarrestar los hábitos es complicado. La vida social es el mayor enemigo de las dietas, pero hay que mentalizarse a equilibrarlos, con una alimentación lo más libre posible de alimentos cargados de conservantes y esencias artificiales, de productos químicos. O sea, buscar lo natural va a colaborar mucho con nuestro organismo. También liberarnos de exceso de sal y azúcar, grasa animal… Sí ya sé, ustedes me dirán ¿dónde está lo sabroso? ¿Para cuándo la comida rica? Yo fui un acérrimo cultor de una frase con la que combatía a mis clientes cuando me solicitaban algún plato sin sal o sin picante: «Yo no hago cocina sana, yo vendo sabores». Así que imagínense cómo me estoy complicando ahora la existencia, pero aparecieron en mi vida el arroz yamaní, el gomasio, el edulcorante natural, frutas y verduras de estación, pescado fresco, semillas y cereales. Y las vaquitas que respiren tranquilas por ahora. Entonces, si somos lo que comemos, busquemos algo más equilibrado. Sólo requerirá de un poco mas de imaginación y dedicarle el tiempo a mimarnos con una buena parrillada de verduras y aceite de oliva. Y nos permitimos una copa de Malbec joven para armonizar. Salud, entonces, en esta nueva etapa.

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