LOS SECRETOS DE LA BANDERA :: Mario Golman

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POR MARTíN ZUBIETA FOTOS FRANCISCO BEDESCHI

La historia de la bandera nacional esconde sus propios enigmas. Sin embargo existe una especie de cómoda costumbre que sugiere creer que siempre fue celeste, blanca y celeste. Y no fue así. Incluso parece haber habido más de un modelo, además de varias teorías que intentan explicar el origen de sus colores. El talento, la investigación y la excepcional erudición de un especialista como Mario Golman permiten ingresar en un universo casi desconocido que no obstante flamea en la entrada de cualquier colegio.

Cualquiera que haya franqueado los amables e imborrables pasillos de la escuela primaria se ha enfrentado alguna primera vez con la bandera argentina, sus colores y la figura emblemática (casi siempre modelo Billiken) de su creador, ese gran tipo que fue Manuel Belgrano, siempre enorme (y humano) sin necesidad de tanto bronce. También con la marcha Aurora y algunas de sus líneas que, invariablemente, se cantaban todas juntas y sin separar palabras entonces ignoradas «así en la alta aurora irradial /punta de flecha el áureo rostro imita»), cuyo significado se comprendería muchos años más tarde (al recibir el diploma de Ingeniero, por ejemplo) Pero la bandera es la bandera y los colores, sus colores, conforman una historia a la que vale la pena, al menos, sospechar.

Adolfo Mario Golman es contador público y vive en Bariloche desde hace más de veinte años. Su gran pasión es, dentro de los vericuetos de la Historia Argentina, la historia de la bandera nacional, relato que forma parte de una disciplina denominada Vexilología, que no es otra cosa que la ciencia que se ocupa de estudiar, precisamente, el origen y las características de las banderas. Actualmente es un reconocido especialista a nivel nacional, ha publicado un libro sobre el tema (Enigmas sobre las primeras banderas argentinas, una propuesta integradora, De los Cuatro Vientos, Buenos Aires, 2007) y es colaborador habitual de publicaciones especializadas. Todo comenzó, relata, no hace demasiado tiempo, durante la crisis del 2001, «momentos en que los parecía que todo se perdía, hasta la identidad. Yo me refugié en la Historia Argentina». Golman (todo el mundo lo conoce como Mario Golman) cuenta que así fue como comenzó a descubrir que muchas cuestiones incorporadas de determinada manera al ADN nacional, en realidad habían sucedido de otra forma, por ejemplo y entre otras cosas, las famosos escarapelas de los no menos famosos Domingo French y Antonio Beruti, en los días fundacionales de 1810. «Y en esos momentos de gran crisis, esos datos me impulsaron a comenzar a estudiar respecto al tema», agrega.

Al momento de la Revolución de Mayo -explica- existían dos tipos de banderas: «Una era la que usaban las tropas de infantería, de fondo blanco y en su centro el escudo que representaba a la corona española, llamada La Coronela. Esos regimientos tenían, además, otra enseña que era también blanca, pero con las aspas de Borgoña o cruz de San Andrés de color rojo, conocida como Sencilla. Estas eran las banderas con las que Belgrano y sus tropas partieron desde Buenos Aires rumbo a Rosario. Por su parte, el pabellón rojo, amarillo -de doble anchura- y rojo, como el español actual, era de uso obligatorio en la Armada y fortificaciones costeras. Estas banderas se siguieron utilizando luego de mayo de 1810, mientras que nuestros ejércitos debían lucir escarapelas rojas», afirma Golman.

Con estas certezas, la pregunta respecto a cuál fue el origen de la bandera actual, colores incluidos, sigue siendo pertinente. Golman retoma su relato y confirma que existen documentos de la época que permiten corroborar que las cintas que repartieron French y Beruti «el lunes 21 de mayo de 1810» eran sólo blancas («también entregaron retratos de Fernando VII, por entonces rey de España, prisionero en la Francia de Napoleón») A medida que transcurría la semana, los asistentes a la Plaza de la Victoria -la actual Plaza de Mayo- se fueron agregando en su sombrero, o en el ojal de la casaca, una cinta roja y una rama de olivo, para que el virrey Cisneros eligiera entre la guerra o la paz. «El 31 de diciembre de 1810, el teniente gobernador de Mendoza, que era el salteño José de Moldes, le escribió a la Junta Grande explicando que había ideado una escarapela que, en alusión al cielo del sur, era celeste con las puntas blancas», puntualiza Golman, en lo que perece ser la primera combinación más o menos comprobable de los colores nacionales en su forma actualmente conocida de tonalidades patrias.
Las crónicas señalan que en Buenos Aires, hacia febrero de 1811, los integrantes de los regimientos América, comandado por el inseparable dúo French/Beruti, y Granaderos de Fernando VII, al mando de Juan Florencio Terrada, ya lucían escarapelas de fondo celeste, quizá inspiradas en el modelo de Moldes. «Por lo tanto, French y Beruti sí lucieron divisas celestes y blancas, pero no en mayo de 1810 sino nueve meses más tarde», anota Golman. A los tres jefes se los puede adjetivar como «morenistas» e «independentistas», además.
En marzo se constituyó la Sociedad Patriótica, cuyos integrantes (French, Beruti, Terrada y Pedro José Agrelo, entre otros) sostenían las ideas de libertad inspiradas por Mariano Moreno, identificándose también con cintas celestes y blancas. En septiembre de ese año, mientras tanto, el Primer Triunvirato reemplazó a la Junta Grande. «En enero de 1812 resurge la Sociedad Patriótica con el impulso de Bernardo de Monteagudo, revelándose, en poco tiempo, como un club político de oposición al gobierno y sus miembros vuelven a lucir las escarapelas celestes y blancas», puntualiza.

«El 24 de enero de 1812 Belgrano emprende el camino hacia Rosario con el objeto de instalar dos baterías para la proteger nuestro territorio de las incursiones de navíos españoles. Belgrano designa esas fortificaciones con nombres que no dejan lugar a duda sobre su modo de pensar: las llamó De la Libertad y De la Independencia. El 13 de febrero le escribe al Triunvirato exigiendo la adopción de una escarapela nacional, ya que sus tropas llevaban la roja oficial, mientras que el regimiento al mando de Juan Florencio Terrada “por entonces también en Rosario, en escala hacia Santa Fe- usaba la celeste y blanca morenista, que es la que Belgrano jamás permitió usar a sus soldados», cuenta Golman.

El Gobierno decretó el 18 de febrero que la escarapela de las Provincias Unidas sería «blanca y azul celeste», quedando abolida la roja. «Belgrano, basándose en esa decisión oficial fue más allá y pensó también una bandera, aunque sin autorización del gobierno, y la enarboló el 27 de febrero de 1812 al inaugurar la batería De la Independencia. De otra forma hubiese tenido que izar la roja y gualda española. Y no quiso hacerlo. Escribió puntualmente: «Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional», cita Golman de manera admirable, con prodigiosa y autorizada memoria.

Pero si Belgrano conjeturó la bandera partiendo de la escarapela, ¿cómo fue esa primera escarapela nacional? Al respecto, Golman señala que si bien hasta la fecha no se han encontrado pruebas materiales que permitan conocer cómo fue la escarapela original, es posible distinguirla observando distintos retratos de la época. «Se puede considerar como la primera representación pictórica de la escarapela nacional a la que se encuentra en el retrato del general Francisco Antonio Ortiz de Ocampo, pintado en Chuquisaca en 1813, y que se conserva en el Museo Histórico Nacional. Se puede distinguir en su sombrero de dos picos una escarapela redonda que parece haber sido confeccionada en terciopelo. Es un distintivo compuesto por un anillo exterior grande de color blanco y adentro un pequeño círculo celeste. Hay aproximadamente un 80 por ciento de superficie blanca y el resto celeste. Otro, es el retrato de José de San Martín (pintado por Gil de Castro en 1820 y que se exhibe en el Museo Cornelio de Saavedra de la ciudad de Buenos Aires) cuyo sombrero luce una cucarda de tela, formada por dos círculos concéntricos: el exterior más grande blanco (60%) y el interior celeste (40%). Ambos antecedentes permiten confirmar que la primera escarapela nacional fue blanca y celeste», estima Golman, para quien además resulta «excluyente» diferenciar entre «blanco y celeste» y «celeste y blanco»: explica que según sea la construcción gramatical puede significar una «distinta disposición de esos colores sobre la tela de una escarapela o una bandera».

Pero si de la bandera se trata, no se conoce cómo fue aquel diseño belgraniano. Si Belgrano escribió que fue blanco y celeste, «conforme a los colores de la escarapela», es improbable que se tratara del modelo hoy habitual, ya que en el actual hay dos franjas celestes y una blanca, por lo que la bandera es «celeste y blanca». Las opciones más aceptadas respecto a cómo fue la bandera de Rosario son dos: de tres franjas horizontales, blancas a los extremos y celeste al medio (un ejemplar de este modelo se conserva en el Museo Casa de la Libertad, en Sucre, Bolivia), y de dos franjas horizontales, blanco sobre celeste («este diseño se puede observar en un retrato de Belgrano pintado en Londres en 1815 y atribuido a Franí§ois Casimir Carbonnier», especifica Golman)
Si se tiene en cuenta que el sol de la bandera recién aparece en 1818, surge otro interrogante, el que supone saber cómo y por qué se produjo esa «mutación» del blanco y celeste hacia el celeste, blanco y celeste de tres franjas. Golman explica que la existencia
de banderas celestes y blancas, posiblemente como las actuales pero sin el sol, tiene su origen en la ciudad de Buenos Aires: «Los primeros antecedentes indican que el 24 de mayo de 1812 se estrenó en el Coliseo Provisional una obra de teatro, de estilo patriótico, titulada El Veinticinco de Mayo. Su autor fue el actor, cantante y músico Luis Ambrosio Morante. Al finalizar la presentación se desplegó ante el público la nueva insignia celeste y blanca. El 23 de agosto siguiente, con motivo de celebrarse el fracaso de la conjura tramada por españoles europeos y liderada por Martín de Álzaga, se colocaron banderas de seda celestes y blancas en la torre de la parroquia de San Nicolás, sitio donde hoy se emplaza el Obelisco de Buenos Aires. Y el primero en describir la insignia de tres franjas fue un enemigo, el español Gaspar de Vigodet, gobernador de Montevideo, quien el 16 de octubre de 1813 en un oficio dirigido al ministro de Estado de la corte de Brasil da cuenta que «los rebeldes de Buenos Aires han enarbolado un pabellón con dos listas azul celeste a las orillas y una blanca en medio y han acuñado moneda con el lema Provincias del Río de la Plata en unión y libertad».

La Asamblea de 1813 se constituyó, el 31 de enero, como un gobierno independiente y nacional y, entre otras medidas, ordenó quitar de todas partes las armas reales de los reyes de España, eliminó su efigie de la moneda y decidió una nueva acuñación bajo un concepto absolutamente patriótico. Recuerda Golman que cuando Agrelo presidía la asamblea, abril de 1813, aparecieron las nuevas monedas de plata y de oro diseñadas por él mismo, además: «Las piezas de plata debían tener el sello de la Asamblea sin el sol, con la inscripción Provincias del Río de la Plata. En el reverso debía grabarse el sol figurado -con 32 rayos alternados entre rectos y flamígeros- ocupando todo el centro y alrededor la inscripción En Unión y Libertad. Las de oro eran similares pero con una diferencia: al pie de la pica y de las manos que la afianzan se debían esculpir dos cañones cruzados y abajo un tambor, completándose el diseño con dos banderas a cada lado del escudo», puntualiza. Y agrega: «El uso de la celeste, blanca y celeste comienza a generalizarse en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata a partir de marzo de 1813, luego de que es adoptada como pabellón nacional por la Asamblea General Constituyente. En vista de esta decisión, se puede afirmar que el pabellón blanco y celeste creado por Belgrano no fue el elegido», estima Golman. El Congreso de Tucumán, por su parte, adoptó este diseño en 1816 como «bandera menor». En 1818 se estableció la «bandera mayor» (o de guerra) agregando un sol en medio de la franja blanca. En 1985, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, se sancionó la Ley 23.208 por la que se estableció que la bandera oficial de la Argentina es, para todo y para todos, la celeste, blanca y celeste, con el sol en el medio. Bandera, como se sabe ahora, hay una sola. Historias e interpretaciones, varias. –

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