Vuelo sobre la Patagonia chilena | DESDE EL AIRE

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TEXTO Y FOTOS FRANCISCO BEDESCHI

La fascinación que ejerce la Patagonia supone siempre estirar los límites. En ese contexto, y en calidad de viejo conocedor del territorio, Francisco Bedeschi, a bordo de un Cessna 206, voló desde Futaleufu hasta Villa O`Higgins. Parece simple, pero no lo fue. El clima patagónico siempre es el factor imprevisible. Crónica de un viaje tan apasionante como peligroso. Toda la geografía de la Patagonia austral a través de un otoño irrepetible.

Durante el último otoño tuve la oportunidad de realizar otro majestuoso tour aéreo por la Patagonia chilena. Un amigo piloto de avión, Daniel Muñoz, que es además, manager del Robinson Crusoe Lodge de Villa O´Higgins, me comentó que había llegado al lugar un Cessna 206 con buenos tanques auxiliares al mando de  un piloto estadounidense que residía en Puerto Varas, en la Región de los Lagos.Tras varias conversaciones vía Skype con Vincent, el piloto,  nos pusimos de acuerdo para realizar un viaje juntos. Seria alrededor del 18 de abril, en otoño, siempre y cuando existiese una ventana climática de mínimo 3 días. En esa época los colores del otoño están en su máximo esplendor y la idea de volar en esas condiciones suponía una combinación casi irrepetible. Disfrutar del buen tiempo en toda la Patagonia es prácticamente un milagro a mediados de abril: mi intención era volar desde Futaleufu hasta Villa O´Higgins, siguiendo buena parte de la Carretera Austral.El 20 de abril por la mañana, Vincent me llamó desde Puerto Montt y me dijo que decolaba. Aproximadamente tendría una hora de vuelo en línea recta a Futaleufu. Así fue que luego de una breve parada en el aeródromo, partimos con rumbo sur, sobrevolando la confluencia del río Espolón con el Futaleufu, atravesando el valle de Las Escalas y el lago Lonconao, en  dirección al cerro Barros Arana, cerca de La Junta, cuya cumbre recién nevada oficiaba de faro natural en nuestra ruta al sur.

EN EL AIRE
Ya sobre la pequeña localidad de La Junta, donde confluyen el río Palena y el Rosselot, continuamos viaje hacia el mar, a Puyuhuapi, en vuelo vertical sobre la Carretera Austral. En el aeródromo de Puyuhuapi hicimos una pequeña parada para un chequeo mecánico y seguimos hacia el aeródromo de Coyhaique, por la cuesta del glaciar Queulat. En este punto los vientos encajonados de la Patagonia pusieron a prueba por primera vez la potencia del monomotor que, brincando como un potro cimarrón, se abría paso entre las montañas por el estrecho valle a 1500 metros de altura.
El clima hasta el momento se presentaba con un 70 por ciento de nubosidad, lo que lamentablemente impedía disfrutar de las cumbres nevadas y los glaciares de la zona, por lo que apuramos nuestro viaje más al Sudeste, en busca de cielos mas despejados. Del aeródromo de Coyhaique partimos en dirección del aeropuerto de Balmaceda, donde recargamos combustible. Este aeropuerto internacional es el único entre Puerto Montt y Punta Arenas y está ubicado al norte del lago Buenos Aires, cerca de la ciudad de Los Antiguos, por lo que es una parada obligada para los que vuelan la Patagonia chilena.
Desde Balmaceda, con un fuerte viento reinante, iniciamos el tramo hacia nuestro destino más austral, Villa O´Higgins, sobrevolando el límite con Argentina en busca de la Estancia Fachinal, en la margen sur del lago General  Carrera, para después “poner proa al inicio del Baker, el gran río patagónico que desagua el gigantesco lago Buenos Aires/Carrera, en el Océano Pacífico, a la altura de Caleta Tortel. Lamentablemente las nubes, siempre presentes en la Patagonia, nos impidieron ver el Campo de Hielo Norte y la cumbre del San Valentín (la montaña más alta de la Patagonia, con 4.070 metros de altura), lo que hubiera sido un espectáculo increíble y que he podido disfrutar en otras oportunidades. Dadas las circunstancias decidimos seguir el cauce del río Baker, pudiendo observar desde el aire los cambios en el color de sus aguas, que se modifican a medida que recibe diferentes afluentes que modifican el turquesa transparente del primer tramo y tornan su color del azul al verde a medida que avanzaba hacia el océano.
Al llegar a la confluencia del río Chacabuco sobrevolamos el casco del Parque Patagonia (la nueva denominación que recibe la antigua Estancia Chacabuco), desde que quedó en manos de Douglas Tomkins, quien decidió crear un parque natural en esas maravillosas tierras. Siguiendo el río Baker y un poco asustados por la falta de visibilidad, para seguir la carretera Austral hasta el seno Yungay, decidimos hacer un rodeo por sobre Caleta Tortel, un mágico pueblo a orillas de los fiordos que por su caprichosa geografía acantilada sólo se conecta mediante varios centenares de metros de pasarelas de madera. Nunca antes había volado Caleta Tortel, por lo que le dimos varias vueltas para observar sus distintas caletas y pasarelas. Continuamos en vuelo rasante en el mar hasta el puerto sobre el río Bravo, donde llega la barcaza y se conecta el último tramo de la Carretera Austral. De allí, unos 80 kilómetros de acantilados y curvas, permiten llegar al lejano poblado, conectado por esta majestuosas ruta de unos 1000 kilómetros aproximadamente, que une Puerto Montt con Villa O`Higgins, con tramos en Barcazas y cientos de puentes.
Llegamos finalmente, a Villa O`Higgins  a las 18 horas. Luego de unas 6 horas de vuelo total, el Cessna 206 se había sacudido bastante, pero el fiel monomotor, tan utilizado en Canadá para unir poblaciones, se estaba luciendo en la extrema Patagonia. Una vez en tierra firme, nos esperaba Daniel Muñoz, del lodge Robinson Crusoe, que está emplazado a metros de la cabecera de la pista del aeródromo. La idea, al día siguiente, era sobrevolar el Campo de Hielo Sur, en la parte del Glaciar O`Higgins, la península Florida y el desagüe del río Pascua. Pero otra vez el endiablado clima patagónico nos jugó una mala pasada y los pronósticos de buen tiempo mutaron rápidamente. El cielo amaneció encapotado y con fuertes vientos. Aunque lo peor de todo es que se avecinaba un frente de varios días de mal clima, por lo que esa misma tarde, a las 17 horas y luego de sobrevolar la zona de los lagos Cisnes, Briceño y Claro, decidimos la rápida evacuación por la inconveniencia a tener que permanecer varios días en el lugar.
A última hora emprendimos el regreso “hasta donde se pueda”.  Cochrane o Chile Chico sonaban como las primeras alternativas. Sobrevolando el límite del Paso Mayer, a la altura de la veranada de la estancia Tucu Tucu, nos dieron ganas de “invadir” cielo argentino y aterrizar por ahí a esperar que amainasen los vientos, sobre todo sabiendo que mi querido amigo Ramiro Gregorio, propietario de Tucu Tucu, se encontraba en la zona. Pero lo importante era “ganarle tiempo” al atardecer y llegar a un aeródromo antes del ocaso. Vincent, atento a su GPS, sorteaba los fuertes vientos sobre el lago Nansen , en el Parque Nacional Perito Moreno, y el 206 se oscilaba y saltaba cada vez que las paredes del cerro San Lorenzo generaban una gran turbulencia, que me ponían al límite del goce de volar, con la angustia de no saber si llegábamos. Ya sobre el lago Pueyrredón, la entrada a Cochrane se divisaba muy complicada, con mucho viento y nubes bajas. Además no era mucho lo que avanzábamos, por lo que en vuelo evaluamos aterrizar en Chile Chico. El problema de esta posta era que el aeródromo está alejado del pueblo y, seguramente, no habría nadie a nuestra llegada, por lo que hubiese sido complicado conseguir traslado. La decisión fue seguir con rumbo norte, a Balmaceda, donde había torre de operaciones y combustible. De allí podíamos llamar a un taxi para hacer los 40 kilómetros que separan el aeropuerto de la ciudad de Coyhaique, donde pasaríamos la noche. Aproximándonos a Balmaceda y con la última luz del día, Vincent se comunicó por radio con la torre del aeródromo de Coyhaique. “Tenemos 12 minutos de vuelo a Coyhaique. Si intentamos llegar, aunque sea con poca luz, podemos dejar el avión allí y estamos cerca de la ciudad. Igualmente este avión tiene buenas luces y podemos aterrizar de noche”, me dijo.
Así fue que, con la última luz del día, sobrevolábamos el fértil valle del río Simpson rumbo a la cabecera sur del aeródromo. Faltando menos de dos mil metros y como para que la felicidad fuese total, Vincent logró contactar a un operador que por suerte permanecía en la torre de control. Generosamente encendió las luces de la pista. Felices, aterrizamos en Coyhaique después de un día “agitado” sobre los cielos patagónicos
En Coyhaique y después de amarrar el Cessna para que no sufra por los vientos nocturnos, llamé a “Pato” Bus, un querido conocido de la ciudad que tuvo la gentileza de venir a rescatarnos y depositarnos en el conocido Hotel Nómades, sobre la avenida Baquedano. En el hotel, donde por suerte se encontraba su dueño, José Gorroño, disfrutamos de estar en tierra, lejos del feroz frente que se avecinaba en la zona del Campo de Hielo Sur. Una rica comida en un restaurante vecino en compañía de José, nos permitió relajarnos para preparar el tramo del día siguiente, el último del recorrido.
Amanecimos en Coyhaique y ante la imposibilidad de reabastecernos en el aeródromo, debimos regresar a Balmaceda, un poco más al sur. Por una cuestión de visibilidad, decidimos volar por la estepa, cerca del límite, y no por sobre la Carretera Austral, que transita más por el medio del territorio. Luego de sobrevolar la estancia El Zorro, de la familia Galilea, pudimos disfrutar de un sobrevuelo por la zona de las nacientes del río Ñirehuao, en la estancia Baño Nuevo, y los lagos Zapato, Misterioso y otros que están un poco más al sur. El caprichoso limite de altas cumbres, en esa zona, hace que de repente te encuentres en cielo argentino, sobre los lagos Fontana y La Plata. En línea recta salimos sobre el paraje La Tapera, sobre el Cisnes, un increíble río de excelente pesca de truchas. Por encima de las aguas del lago Verde, donde la estancia Cacique muestra todo su esplendor, el tiempo comenzó a mejorar: el vuelo se hizo estable por primera vez en dos días. A nuestra izquierda comenzaban a asomar las insolentes cumbres de los volcanes chilenos recostados sobre el mar: el Melimoyu, el Yanteles, el Corcovado y más al norte, el Michimahuida. “Metele para el mar directo”,  le dije a Vincent, proa al Melimoyu. Vincent me respondió: “¿Cuál es el Melimoyu? Yo no conozco el nombre de todas estas montañas”. “Entonces vamos hacia allá”- le dije- , “que vamos a hacer un tour de volcanes”.
En línea recta salimos sobre el yanteles, un volcán de muy difícil acceso que aún no registra ningún tipo de ascenso. Se ubica un poco más al norte del imponente melimoyu: el gran montañista chileno camilo rada, en 2002, es hasta ahora el único que ha hecho cumbre en él. Sobrevolamos el yanteles, investigando posibles vías de acceso a su glaciar, custodiado por las impenetrables selvas valdivianas de la región y seguimos hacia el volcán corcovado, ubicado junto al mar, al pie de la tempestuosa bahía del mismo nombre, que hostiga constantemente hasta al más experto de los navegantes.
Distinguido y desafiante este hermoso volcán, ícono de la región, aparecía con todas su galas, rodeado del mar y lagunas multicolores. Seguimos en vuelo, tomando fotografías del Corcovado, el Chaiten, que humeaba todavía (desde el 2008), el Michimahuida, el Yates y más atrás, el Calbuco y el Osorno. Así fuimos reconociendo los volcanes encadenados de la majestuosa Cordillera de los Andes ese mediodía del 22 de abril.
Unos minutos más tarde volábamos rumbo a Futaleufu, destino final para mí. Vincent continuaría a Puerto Varas. Seguimos viaje por la cabecera Este del lago Yelcho y salimos al lago Espolón, cerca de Futaleufu. Un sobrevuelo más por el lindísimo lago Lonconao y la zona del límite, ubicaron nuestro avión para el aterrizaje. Almorzamos en el Fundo La Confluencia, donde se encuentra Uman Lodge, gentileza de su administradora, Polin Cullen. Vincent, contento con su “vuelo volcanero”, me invitó a seguir hasta Puerto Varas. El día había mejorado mucho y estaba completamente despejado hacia el norte. Me hizo dudar. En realidad quería acompañarlo. Pero debía quedarme en Futaleufu por motivos personales. Vincent, a las 15 horas, emprendió su regreso a Puerto Varas. Yo me fui al lago Lonconao. A las 15:15, increíblemente, el volcán Calbuco entró en erupción, generando un hongo de varios kilómetros de altura. Casi de manera inconcebible, esta maravilla de la naturaleza sorprendió a Vincent pilotando el Cessna a metros de la columna eruptiva y a mí en las calmas orillas del Lonconao. Vincent disfrutó de un final memorable para su vuelo iniciático relevando volcanes. Yo me lo perdí cuando decidí no acompañarlo. Hubiera sido extraordinario para mí encontrarme con mi equipo fotográfico y un avión a disposición volando a metros del cráter en erupción del Calbuco. Como dice una amigo, “todo no se puede”. Y no creo que las circunstancias se vuelvan a repetir.

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