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TEORÍAS

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POR MARTÍN ZUBIETA

Vagabundeos aleatorios por arrabales hace tiempo abandonados

Cuando el pasado mes de agosto las dos Coreas volvieron a intercambiar fuego de artillería, el tiempo pareció retroceder más de 60 años. El mundo de la Guerra Fría, en ese instante, parecía estar aún allí. No importa la excusa: en este caso un proyectil disparado por los ejércitos de Pyongyang, capital de la comunista Corea del Norte, contra un parlante de propaganda ubicado en la zona occidental (es decir en el Sur, en la Corea capitalista, democrática y liberal), que respondió con otros ataques de artillería. Pero el déjà vu es evidente: sólo que la Guerra de Corea sucedió entre 1950 y 1953…

En términos generales, el enfrentamiento directo entre los Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética (URSS) jamás tuvo lugar. La guerra, como escribió Eric Hobsbawn, “nunca llegó a suceder pero durante cuarenta años fue una posibilidad cotidiana”. Pero el combate (ideológico, político, propagandístico, económico, militar, deportivo) que los bombardeos recientes entre las dos Coreas traen a la memoria comenzó ni bien finalizó la Segunda Guerra Mundial y se extendió hasta diciembre de 1991.

Para los contemporáneos no era sencillo explicar y entender el fenómeno, que se fue comprendiendo a medida que sucedía. Pero la rendición incondicional de Alemania el 7 de mayo de 1945 puso fin a una alianza que tenía un objetivo claro y pragmático: la derrota del nazismo. Sin nexos comunes, las tensiones entre capitalismo y comunismo se hicieron evidentes, máxime cuando, a diferencia de la Primera Guerra Mundial, en esta oportunidad no había tratados que ordenasen el futuro próximo. En ese “TEG real” y profético, el poder se demostraba y se ejercía: la política estaba subordinada a las armas del Ejército Rojo y de los Aliados, que habían llegado hasta donde habían llegado. La idea no era retroceder. Y el más dramático teatro de operaciones fue la derrotada Alemania, más precisamente Berlín, ciudad dividida entre las cuatro potencias que habían ganado la guerra: Estados Unidos, Inglaterra y Francia, por un lado. La URSS del otro.

El mundo comenzó a explicarse en función de parámetros ideológicos y de teorías que supuestamente lo justificaban. El dictador Josef Stalin, secretario General del Partido Comunista y líder de la URSS, fue quizá el primero en advertirlo. Y en decirlo: en un discurso que pronunció en el Teatro Bolshói, el 8 de febrero de 1946, dejó bien claro que el responsable de la guerra había sido “el capitalismo monopolista” y que la victoria del Ejército Rojo (murieron casi 40 millones de soviéticos en la Segunda Guerra Mundial) suponía un “salto hacia adelante”. El comunismo soviético había quedado debilitado pero no estaba derrotado. Todo lo contrario. Otro que comprendió bien rápido lo que estaba sucediendo fue George Kennan, diplomático estadounidense que trabajaba en la embajada de los Estados Unidos en Moscú (en realidad era el segundo en importancia luego del embajador W. Averell Harriman). Su famoso Telegrama Largo del 22 de febrero de 1946 advertía las características del mundo que se venía. Señalaba, entre otros detalles, que desde la perspectiva soviética la guerra contra el capitalismo sería constante y anticipaba, de alguna manera, las prácticas de lo que desde Occidente se llamó “política de contención”. Pero en ese mundo de “teorías”, la definición más impactante la aportó el en ese entonces ex primer ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill, en un discurso que pronunció en el Westminster College, de Fulton, Missouri, el 5 de marzo de 1946, el discurso del Telón de Acero: “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero. Tras él se encuentran todas las capitales de los antiguos Estados de Europa central y Oriental (…), Todas estas famosas ciudades y sus poblaciones y los países en torno a ellas se encuentran en lo que debo llamar la esfera soviética, y todos están sometidos, de una manera u otra, no sólo a la influencia soviética, sino a una altísima y, en muchos casos, creciente medida de control por parte de Moscú (…)

En ese sentido avanzaron la Doctrina Truman (1947) y el Plan Marshall (1948). Harry Truman, presidente de los Estados Unidos, dejó bien claro que la intención de su país era ayudar a todos los “pueblos libres” que lucharan contra “regímenes totalitarios” (léase la Unión Soviética). El Plan Marshall no dejaba dudas: los Estados Unidos pusieron en marcha un sistema de ayuda económica para auxiliar a los países de Europa Occidental destruidos tras la guerra. La idea, en términos diplomáticos, era evitar la Teoría del Dominó: si un país caía bajo el poder del comunismo, otros países de la región podían verse arrastrados por el fenómeno. Los soviéticos respondieron: crearon la Kominform (una especie de organización de los partidos comunistas de Europa y del mundo) e hicieron pública la Doctrina Andreí Zhdánov, entonces tercer secretario del poderosísimo Partido Comunista de la URSS, que dividía al mundo en dos universos: el imperialista (los Estados Unidos) y el anti-imperialista (encabezados por la URSS). Su discurso se hacía fuerte en las llamadas “democracias populares” de Europa central y oriental.

El Bloqueo de Berlín en 1948-49 puso la situación blanco sobre negro. La URSS había interrumpido las comunicaciones terrestres entre Berlín Occidental y Berlín Oriental, lo que decidió a los Aliados (Estados Unidos, Francia, Inglaterra) a lanzar provisiones sobre la vieja capital alemana a través de un puente aéreo, que implicó casi la realización de 200 mil vuelos. El luftbrücke duró un año y su consecuencia directa fue la partición oficial de Alemania en dos países: el 23 de mayo de 1949 se formó la República Federal de Alemania (RFA), que incluía Berlín Occidental, capitalista y democrática. Meses después, se fundó la República Democrática Alemana (RDA), comunista y bajo control soviético. La innovación geopolítica en el corazón de Europa generó también sus propias miradas. Desde la RFA, el ministro de Relaciones Exteriores Walter Hallstein elaboró en 1955 la teoría que lleva su nombre: según ella la RFA era la encargada exclusiva de representar al Estado alemán, petición de principios que incluía a la Alemania comunista. Más: la Doctrina Hallstein -que generó pocas simpatías incluso entre las naciones amigas de la RFA- sostenía que la Alemania capitalista no tendría relaciones diplomáticas con ningún país que reconociera la existencia de la RDA, territorio al que consideraba simplemente “ocupado”. Los alemanes orientales, para no ser menos, anunciaron la “Doctrina Ulbricht” (por Walter Ulbricht, presidente de la RDA entre 1960 y 1973) que puntualizaba que las relaciones entre las dos Alemanias sólo podían suceder si ambos Estados se reconocían mutuamente. La tensión entre ambas naciones comenzaría a menguar cuando los occidentales dejaron de lado los enunciados de Herr Hallstein y pusieron en marcha la Ostpolitik de la mano de Willy Brandt, primero ministro y luego canciller de Alemania Occidental (1969-1974), que normalizó las relaciones entre Alemania Federal y las democracias populares europeas. Finalmente Alemania se reunificaría el 3 de octubre de 1990: el Muro de Berlín, la pared que no sólo dividía la ciudad sino que era el símbolo de la Guerra Fría, había caído el 3 de noviembre de 1989 (había sido levantado en 1961).

Cuando en 1968 los checos pretendieron modernizar su sistema político y promover “detalles” como la libertad de prensa, el derecho de huelga o la pluralidad democrática, los tanques del Pacto de Varsovia (comandados por Moscú) tomaron por asalto las calles de Praga: el “socialismo con rostro humano” había muerto, casi, antes de nacer. Y lo hicieron en nombre de la Doctrina Brézhnev (Leonid Brézhnev comandó la Unión Soviética entre 1964 y 1982) que, como un eufemismo, planteaba que si cualquier país intentaba abandonar la órbita del comunismo, era posible utilizar la fuerza contra él. Y así fue. La Primavera de Praga duró lo que un suspiro -algo similar había ocurrido en Hungría en 1956- y Alexander Dubček, el líder reformista, no sólo fue expulsado del Partido: se fue a trabajar de jardinero. Cuando el poder comunista cayó en 1989, Dubček se convirtió en presidente de la Asamblea Federal de Checoslovaquia durante el gobierno de Václav Havel. Checoslovaquia, de manera pacífica y de común acuerdo, “desapareció” en 1993 y su “status” cartográfico, nominal y jurídico implicó retornar a las viejas identidades de los dos países: República Checa y Eslovaquia.

Cuando en 1985 Mijail Gorvachov asumió el poder en la URSS, nadie imaginaba el alcance de las reformas que puso en marcha con su estrategia de Perestroika y Glasnost, que implicaron liberalizar el mundo comunista. Y eso comenzó a suceder no sólo en la URSS sino también en Polonia, Checoslovaquia, la RDA y otros países de Europa Oriental. A diferencia de lo que había sucedió en Budapest y Praga, los tanques del Ejército Rojo ahora no se moverían: cada país tenía que resolver por sí mismo qué hacía en relación al socialismo. La Unión Soviética no intervendría. O lo que es lo mismo: el final del sistema comunista implicó ejecutar una teoría que implicaba algo así como laissez faire, laissez passer, conocida como Doctrina Sinatra en honor a la canción My Way que el gran Frank Sinatra inmortalizó en todo el planeta: “And now, the end is near/and so i face the final curtain./My friend, i’ll say it clear/ I’ll state my case, of which i’m certain/ I’ve lived a life that’s full/ I’ve traveled each and ev’ry highway/but more, much more than this/ I did it my way”.

El 31 de diciembre de 1991 la mítica bandera soviética con la hoz y el martillo fue arriada por última vez del Kremlin, en Moscú. En ese instante desaparecía la URSS y también el mundo bipolar: el comunismo, otrora poderoso, pasaba a retiro.

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