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La vida, el camino y Santiago de Compostela

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POR ÁNGELES SMART
FOTOS MARISA MOSTO Y VIVIANA FÉLIX

Cargando nuestras vidas, nuestros afectos y esperanzas, las muchas peticiones encomendadas y las expectativas acumuladas, sosteniéndonos en los compañeros circunstanciales y cambiantes de viaje y disfrutando de los paisajes increíbles de Galicia, anduvimos siete días. El camino es una fiesta y así la vida puede ser celebración.

Prueben imaginar: un día frenan en seco y en serio. Respiran hondo, se desaceleran, dejan todo lo superfluo y recién después dan el primer paso. El destino no está cerca, no van a llegar ni hoy ni mañana, tampoco pasado. Dependiendo desde dónde salgan faltan unos 40 días o 15 o tal vez 7. Así que mejor empezar tranquilo, sin apuro y olvidándose por una vez de la meta. El fin, por ahora, es sólo caminar. De esta misma manera empezaron y empiezan los innumerables peregrinos que desde distintas partes de Europa y desde hace más de 1200 años inician el camino, su camino. Desde Francia, desde Portugal, desde Inglaterra, Italia o desde la misma España –para nombrar los inicios más famosos- las flechas amarillas y las vieiras les muestran la ruta hacia un campo que algunos dijeron estaba sembrado de estrellas. Así también empezamos a caminar Marisa, Viviana y yo, en Sarria, a 120 kilómetros de la Catedral de Santiago.
Cargando nuestras vidas, nuestros afectos y esperanzas, las muchas peticiones encomendadas y las expectativas acumuladas, sosteniéndonos en los compañeros circunstanciales y cambiantes de viaje y disfrutando de los paisajes increíbles de Galicia, anduvimos siete días. Pasamos por Paredes, Ferreiros, Portomarín, Gonzar, Castromaior, Palas de Rei, Arzúa, Pedrouzo y el Monte del Gozo. Atravesamos ríos, bosques de helechos y sembrados; pueblos todos en piedra, con verjas desvencijadas y maderas carcomidas. Las iglesias románicas, sus cementerios y cruceiros nos maravillaron. Nos llenamos de olor a campo y a hortensia. Dormimos en albergues y comimos el Menú del Peregrino con la infaltable Tarta de Santiago, espolvoreada con azúcar impalpable que forma la cruz jacobea y que te mancha indefectiblemente la nariz. La gente nos pareció increíble. Españoles, costarriqueños, finlandeses, belgas, coreanos, suizos, italianos, holandeses y alemanes, todos en sintonía y sin que los resultados de los partidos del Mundial afecten el clima de alegría y encuentro. Con Sharon (sudafricana), Nuria (sevillana), Yves (francés), Philip (norteamericano) y Paco (franciscano español) nos encontramos más profundamente, por una búsqueda afín y por intereses compartidos. En el restaurante de Marina y Nicolás, un matrimonio de argentinos que vive en Melide con sus hijos, comimos la mejor tortilla de papas de nuestra vida. Más adelante, unos galicianos después de recomendarnos todos los tragos y chupitos imaginables, nos enseñaron con autoridad: “Para una buena tortilla hay que contar 1, 2, 3 y dar vuelta. Otros 1, 2, 3 y ya está. Si dudás ¿estará o no estará? ¡Ya se pasó!”.
Las primeras noticias y relatos del Camino de Santiago se remontan a la época en que Alfonso II, Rey de Asturias, mandó a construir en el siglo VIII una iglesia sobre el supuesto lugar donde se encontraron las reliquias del Apóstol Santiago el Mayor; y el Codex Calixtinus -un manuscrito iluminado del siglo XII- recopila los primeros himnos, sermones, historias y milagros relacionados con el santo. En este año 2014 se cumplen 800 años desde la peregrinación de San Francisco desde Asís, por lo cual, cuando finalmente, agotadas, llegamos a Santiago pudimos disfrutar de los distintos eventos organizados para la ocasión. La Catedral, de base románica pero imponente por sus agregados barrocos, nos recibió resplandeciente de dorado y platerías. No pasamos por alto ninguna de las tradiciones: fuimos con la credencial sellada durante todo el trayecto a pedir la Compostela, pasamos por las espaldas de la imagen del Santo para abrazarla, asistimos a la liturgia de los peregrinos, quedamos impresionadas por el inmenso Botafumerio que larga incienso y nos emocionamos cuando sorpresivamente nos volvimos a encontrar con los compañeros de alguna de las partes del trayecto.
Muchos nos lo advirtieron. De todas maneras ya lo intuíamos. El camino es la vida y éste no termina en Santiago. Pero es importante experimentarlo de esta manera. Yendo livianos y a pie, frenando las preocupaciones y focalizando prioridades. Poniéndole esfuerzo pero principalmente ganas. Buscándonos mientras caminamos y compartiendo la búsqueda con gente que también busca. Porque el camino es una fiesta y así la vida puede ser celebración.

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