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La conjetura irrepetible

POR MARTíN ZUBIETA

Paradojas de un mundo que ya no existe.

La Segunda Guerra Mundial finalizaba. Y el mundo ya no sería igual y no sólo por el espanto atroz que significó Auschwitz como símbolo de la perversidad absoluta, del inmenso poder criminal de la banalidad del mal, como teorizó la gran Hannah Arendt. La cartografía (y las relaciones internacionales) se modificaban de la mano de ideologías contrapuestas, el capitalismo y el comunismo, que sin embargo se habían aliado para derrotar al nazismo. John L. Gaddis, autor de varios libros sobre la Guerra Fría, esbozó una explicación: «…La guerra fue ganada por una coalición cuyos principales miembros ya estaba en guerra, ideológica y geopolíticamente, si no militarmente (…) La tragedia era ésta: la victoria exigía a los triunfadores o bien dejar de ser quienes eran o bien renunciar a buena parte de lo que esperaban obtener tras esta guerra».
Uno de los primeros en describir el fenómeno fue Winston Churchill, en un conocido discurso que pronunció en Fulton, Missouri, el 5 de marzo de 1946, poco tiempo después de haber dejado de ser Primer Ministro británico: «Un telón de acero ha caído sobre el continente europeo, desde Stettin, en el Báltico, a Trieste en el Adriático. Al otro lado de esta línea se encuentran todas las capitales de los antiguos estados de Europa Central y Oriental… Esas famosas ciudades y todas las poblaciones circundantes… están sometidas de uno u otro modo no sólo a la influencia soviética sino a un altísimo y creciente control por parte de Moscú».
El resto de las cosas, mientras tanto, sucedían. O se empeñaban en suceder. Antes de la Segunda Guerra (1939-45), el último campeonato mundial de fútbol se había disputado en Francia en 1938. Lo ganó Italia, donde ya gobernaba el fascismo de Benito Mussolini con mano de hierro, verticalismo ortodoxo, nada de democracia e histrionismos payasescos. Después de 1945 el mundo, inexorablemente, se adentró en un universo bipolar e ideológicamente separado: el Oeste capitalista y el Este comunista, con los Estados Unidos y la Unión Soviética como potencias indiscutibles. La Alemania nazi (con todas sus miserias, responsabilidades y horrores a cuestas) había capitulado el 2 de mayo de 1945 y su capital, Berlín, fue ocupada por las potencias vencedoras: Estados Unidos, Inglaterra y Francia por un lado y la Unión Soviética por el otro. El 7 de octubre de 1949, con el fenómeno de la Guerra Fría ya instalado, Alemania quedó formalmente dividida en dos, lo mismo que su capital, ciudad en la que en 1961 comenzó a construirse el tan mentado Muro de Berlín, que caería -y con él toda la arquitectura comunista soviética- el 9 de noviembre de 1989.
La vida, con sus bondades y desventuras, continuaba a ambos lados de la línea imaginaria. La pared, luego, enfatizaría las diferencias. Y en ambos sectores se jugada al fútbol. Alemania Occidental rápidamente se transformó en uno de los equipos a vencer, obteniendo el mundial de 1954 (Suiza) de la mano de Fritz Walter, ex paracaidista y prisionero de guerra que volvió a jugar a los 34 años; Westdeutschland, además, sería subcampeona en Inglaterra 66 y tercera en México 70.
Al mundial de 1974 lo organizaba la República Federal. Su hermana del Este jamás había jugado un campeonato del mundo y nadie esperaba que lo hiciera. Pero se clasificó al vencer a Rumania, Finlandia y Albania. Los dioses del azar hicieron que las dos Alemanias, la República Federal de Alemania, occidental y capitalista, y la República Democrática Alemana, oriental y comunista, integraran el Grupo A junto a Chile y Australia. Por lo tanto debían enfrentarse. Y lo hicieron el 22 de junio de 1974 en Hamburgo ante más de 60 mil espectadores. En definitiva no sólo se trataba de un encuentro deportivo: en el marco de la Guerra Fría era también una confrontación ideológica. Contra todos los pronósticos los alemanes del Este ganaron 1 a 0 con gol de Jurgen Sparwasser y lograron pasar a la segunda ronda, en lo que se transformaría en la mejor actuación de la selección de la República Democrática Alemana (pese a que lograría el oro olímpico en Montreal 76) A Sparwasser, que luego huiría a Occidente, lo amaban y lo odiaban por igual: muchos alemanes orientales, más allá de las diferencias políticas, se consideraban simplemente alemanes. Los occidentales (Franz Beckenbauer, Paul Breitner, Sepp Maier, Gerd Mí¼ller, Berti Vogts, Georg Schwarzenbeck) vencerían en la final por 2 a 1 a Holanda (Johan Cruyff, Ruud Krol, Johan Neeskens, Rob Rensenbrink, Johnny Rep), el mejor equipo del torneo y uno de los mejores de la historia.
Los alemanes orientales no disputarían otra copa del mundo y su último partido en un mundial fue contra Argentina el 3 de julio de 1974 en Gelsenkirchen. Empataron 1 a 1. Abrió la cuenta a los catorce del primer tiempo Joachim Streich y seis minutos más tarde empató el extraordinario René Houseman. Ese día, además, debutó Ubaldo Fillol en el arco nacional.
Los alemanes del Este y del Oeste jamás volverían a enfrentarse. La despedida futbolera de la Deutsche Demokratische Republik (DDR) como Estado independiente se produjo el 12 de septiembre de 1990 en un 2 a 0 contra Bélgica. Alemania, finalmente, se reunificaría el 3 de octubre de 1990. Habían transcurrido poco más de cuarenta años. Alemania Oriental se había disuelto. Ya no habría revancha. Sparwasser seguirá siendo el eterno y solitario goleador de un partido irrepetible. –

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