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Isla de los Muertos :: AYSÉN

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FOTO FRANCISCO BEDESCHI

Una trágica historia ocurrió en 1906 en los anegados terrenos de una aislada isla de Aysén, Chile: 120 trabajadores ganaderos chilotes de la Compañía Explotadora Baker murieron de forma enigmática y jamás aclarada.

De los hechos, casi no queda nada. Pocos los recuerdan. Sólo quedan unas pocas crónicas. También 33 sencillas cruces de ciprés sin nombre, que recién se encontraron en 1950 en un tétrico cementerio improvisado entre la vegetación selvática de uno de los rincones más solitarios e inaccesibles de los laberínticos canales patagónicos chilenos, en la desembocadura del río Baker: la Isla de los Muertos.

No hay estatuas ni panteones ni tan siquiera nombres. Solo tumbas solitarias. La Isla de los Muertos es una de las muchas islas fluviales formadas con el paso de los siglos en el delta del río Baker, en plena selva fría y rodeada de cordilleras y glaciares. A unos 3 kilómetros de la isla, navegando por el Baker, se encuentra la Comuna Tortel.

Se sabe que los obreros realizaban un brutal trabajo físico, cortando árboles y picando senderos en la piedra viva. Según cuentan las crónicas históricas del lugar, unos 200 obreros chilotes, en septiembre de 1905, embarcaron en las bodegas de un barco que zarpó de Dalcahue. Los había contratado la Compañía Explotadora del Baker.

El vapor se internó por los canales patagónicos, entre islas despobladas y fiordos traicioneros, hasta llegar a su destino, en una orilla del Baker cerca de Bajo Pisagua. Descargaron provisiones y herramientas y comenzó la ardua tarea por la que habían sido llevados hasta el lugar: abrir a través de selva, cerros y humedales, una vía que llegara desde el Pacífico hasta prácticamente la frontera con Argentina, para facilitar el transporte y exportación de lana y carne desde las regiones más altas, especialmente de la zona de Chubut. El capataz, un inglés de nombre Williams Norris, ordenó la construcción de una casa de administración, corrales, establos, un galpón para guardar alimentos y herramientas y una barraca que sería dormitorio y comedor. La deficiente alimentación (carne salada, arroz, salazón de bacalao podrido, harina llena de gorgojos), el duro trabajo y el clima extremo, no tardaron en pasar factura a los obreros en forma de una extraña enfermedad que se manifestaba en moretones en piernas y brazos, hemorragias por daños gastrointestinales, sangrado de encías, caída de dientes, dolores de cabeza y una irritabilidad extrema que llevaba a la violencia a quienes la padecían.

Un barco volvería a la zona para aprovisionar a los trabajadores de alimentos frescos y otros objetos de primera necesidad. Pero los meses pasaban y la nave no llegaba. La moral estaba por los suelos y los más débiles no tardaron en morir. Primero por peleas y navajazos fruto del desánimo y mal ambiente general, luego por la propia enfermedad: un día amanecía con 7 muertos, al otro día eran 28. La lista fue aumentando hasta llegar casi al centenar. Los cuerpos eran enterrados por temor al contagio, sin oraciones ni honores: simplemente una destartalada caja de madera de ciprés y una cruz sin nombre. En octubre de 1906 arribó por fin el barco que rescataría a los supervivientes convertidos en desnutridas figuras fantasmagóricas: tan sólo un puñado de ellos conseguiría recuperarse de la enfermedad y seguir adelante pese a salir de allí con vida. La verdad sobre la muerte quedará opacada bajo una pátina de suposiciones, especulaciones y acusaciones hacia la Compañía Explotadora Baker, que según algunos, habría envenenó a los trabajadores a para no pagar los salarios adeudados. Otra de las causas podría haber sido la presencia de pesticidas en la bodega del vapor junto con los alimentos y el ganado.

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