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El clima y aquello que no vemos

POR GONZALO PÉREZ, DOCTOR EN BIOLOGíA

El cambio climático, como una parte importante del cambio global debido al impacto de la actividad humana sobre el sistema tierra, es un problema que ha transcendido el ámbito científico, traspasándose y arraigándose fuertemente en la sociedad. La concientización y preocupación general son indicadores de que los resultados del impacto humano sobre nuestro planeta son hoy en día claros y desalentadores.
Durante los últimos siglos, las actividades humanas han conllevado importantes y diversos impactos para los ecosistemas naturales. Estos, en muchos casos, han visto modificados sus extensiones y dinámica de funcionamiento. Efectos similares han sufrido los grandes compartimentos ambientales (atmósfera, océanos, aguas continentales, suelos, masas forestales), cuyos flujos de energía y materia determinan el funcionamiento del planeta.
En particular la atmósfera terrestre y los posibles cambios en su composición, especialmente en la cantidad de los denominados gases traza, son uno del los puntos clave en el entendimiento del cambio climático. La composición de la atmósfera, en adición a factores externos como la actividad solar y el movimiento relativo Tierra-Sol, posee una importancia significativa en la determinación del clima de nuestro planeta desde hace miles de millones de años.
En la actualidad sabemos que los organismos vivos han determinado activamente y desde siempre la composición química de la atmósfera y los fenómenos que derivan de ésta. Es decir, la atmosfera en nuestro planeta permite el desarrollo de la vida, siendo los organismos vivos determinantes del mantenimiento de los ciclos de los elementos y la composición atmosférica. Este mecanismo de retroalimentación demuestra el grado de control de la vida sobre el funcionamiento de la biosfera. Es tan estrecha y compleja la relación entre nuestro planeta y la vida en él, que numerosos modelos científicos han demostrado los resultados de este vínculo, llegando a postularse una teoría denominada Gaia. La Teoría Gaia postula que la vida fomenta y mantiene unas condiciones adecuadas para sí misma, afectando al entorno. La atmósfera y la parte superficial del planeta Tierra se comportarían como un todo coherente donde la vida, su componente característico, se encarga de autorregular sus condiciones esenciales tales como la temperatura, composición química y salinidad en el caso de los océanos
Nuestra preciada atmosfera está formada principalmente por nitrógeno, seguida por oxígeno y vapor de agua. En mucho menores concentraciones se encuentran los denominados gases traza. Estos gases son aquellos que se encuentran en muy bajas concentraciones (partes por millón) y muchos de estos tienen importancia climática. Gases como el dióxido de carbono (CO2), el óxido nitroso (N2O) o el metano (CH4) (son en conjunto con el vapor de agua gases de efecto invernaderos), el ozono regula el ingreso de la radiación ultravioleta y gases como el dimetilsulfuro (DMS) (son formadores de aerosoles y núcleos de condensación de nubes). Muchos de los estudios relacionados con los cambios en la atmosfera por el accionar del hombre han recaído en el estudio de gases relacionados con el incremento del efecto invernadero y el aumento de la radiación ultravioleta por la disminución de la capa de ozono.
Por otro lado, desde la década de los ochenta, números trabajos han estudiado la producción marina de DMS y su estrecha vinculación con la formación de nubes, obteniéndose resultados que atribuyen al DSM una significativa importancia en el balance global de irradiancia que incide sobre la tierra. El tamaño y la abundancia de los núcleos de condensación determinan la densidad óptica de las nubes y por consiguiente la cantidad de radiación solar que éstas reflejan hacia el espacio exterior (lo que se denomina albedo): un proceso climático inverso al efecto invernadero.
El DMS es un compuesto sulfurado volátil que se produce por el rompimiento mediado biológicamente y físicamente del compuesto orgánico dimetilsulfoniopropionato (DMSP). El DMSP es sintetizado por el fitoplancton oceánico y el DMS es ventilado a la atmosfera desde la interface agua/aire. Identificado el proceso general de producción de DMS, surgió la significativa importancia de estimar su producción en el océano superficial.
Hasta la actualidad, numerosos algoritmos predictivos han sido propuestos en orden de relacionar la concentración de DSM en la superficie marina con datos biológicos, geoquímicos y geofísicos. Los intentos de identificar las variables biológicas en el control de la producción de DMS han revelado la ausencia de simples interrelaciones entre biomasa fitoplanctónica o clorofila a; sugiriendo una compleja regulación de la comunidad plantónica oceánica superficial (Simó, 2001). Por otro lado, dos trabajos publicados en las prestigiosas revistas Nature y Science (Simó & Pédros-Allo, 1999; Vallina & Simó, 2007) mostraron robustas relaciones entre la concentración de DMS oceánico y la amplitud de la capa de mezcla y la dosis de radiación solar incidente. Estos resultados indican la existencia de un proceso de regulación y retroalimentación negativa entre la producción fitoplanctónica de DMS, la cantidad de radiación solar que alcanza la superficie terrestre y su propagación en la columna de agua. Por otro lado demuestran, como predice la teoría de Gaia, que los organismos (en este caso microorganismos marinos) son responsables de una autorregulación que vincula procesos tan holísticos como el clima de nuestro planeta.
Toda la vida es un flujo pujante de energía que contrarresta la entropía del Universo. Una infinita red de procesos, relaciones y vínculos son lo que define al ser vivo, como individuo, como población, comunidad, ecosistema y nuestro planeta Tierra. Cuánto más sabia es la visión de la perfección que tienen los aborígenes que la nuestra, sabidos ciegos.

«Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo».
«Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; éstos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia».

Fragmentos de carta escrita por el jefe indio Seattle, de la tribu de los Suwamish, al presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce en 1854. –

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